martes 10 de noviembre de 2009

Marrakech, tanto tiempo esperando... (Parte I)




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... y al final...

Pero vayamos al principio, porque pasando por alto que a partir de la noche del sábado al domingo ya empezáramos a sentir en nuestro cuerpo el poderío de África - con una indisposición que nos fastidió la mitad de la estancia en Marrakech - debo decir que este viaje ha sido como una abducción. Digamos que me he sentido abducida por seres extraños que durante unas horas - total, no he estado operativa nada más que ese tiempo - me han sacado de mi entorno habitual para llevarme, por el aire, a un lugar donde la vida se desarrolla por medio de pautas diferentes a las mías. Y no vale decir que lo habías visto en programas de la tele porque no, porque hasta que no estás en el lugar - y lo sientes en tus carnes - no te das cuenta de la verdadera magnitud del cambio. Ahora que ya estás de vuelta, piensas si realmente has estado allí o sólo lo has soñado.


Montañas del Atlas, vistas desde el avión,
en nuestra aproximación al aeropuerto de Marrakech


Me habían dicho que al descender hacia el aeropuerto veríamos, en un extremo de la ciudad, cien mil palmeras, creando una imagen de cuento de las mil y una noches. No llegué a contar cien mil palmeras, el piloto tenía prisa y dejó tiempo para contarlas, y, además, lo que vi desde el aire no sé si eran olivos o palmeras, porque había de ambas cosas diseminadas alrededor de la villa.


Vista de la ciudad desde el aire


Me encanta ver la tierra con ojos de pájaro, a una gran altura. Las poblaciones se recogen en ovillos más o menos grandes, y de ellas salen hilos, sus caminos y carreteras, que van hasta otros ovillos esparcidos por llanos y montes. Aquí todo tiene el color de la tierra. Si hubiéramos volado un poco más altos, no se hubiera distinguido ciudad alguna.



En el aeropuerto tomamos un petit taxi cuyo conductor nos dijo, antes de subir al coche, que el precio de la carrera era de 80 dirhams (unos 8 €) para convertirse en 150 dirhams cuando llegamos al hotel Ibis. Anduvimos discutiendo y al final le dimos al tipejo aquel los 150 dirhams. No me gusta generalizar pero hay que tener cuidado porque la mayoría son unos estafadores de primera y van a sacarte el mayor número posible de dirhams. Dejamos la maleta en la habitación - muy en la línea de los Ibis europeos, pero algo más cutre, y me refiero sólo al mobiliario de la habitación porque el exterior era muy bonito - y nos marchamos prestos a descubrir la ciudad. Con 27 grados y un cielo sin una nube, queríamos ir hacia la Plaza Jamaa el Fna, y aunque llevábamos un mapa de la ciudad, nos costó un poco orientarnos porque una va buscando letreros en las esquinas de las calles y eso no lo encontré.


Muy contenta andaba yo en el exterior de este restaurante. Ilusa...

Estando nuestro hotel en la parte nueva de la ciudad, las avenidas eran amplias y encontramos varios parques en nuestro camino. Nos paramos a comer en un restaurante cuya apariencia nos infundió confianza. Y aquí creemos que se empezó a forjar nuestro infortunio, a través de un couscous y unas brochetas, que a partir de la tarde-noche nos fastidiarían el descanso, y el resto de las mini-vacaciones.


Ayuntamiento de la ciudad

¿Quién dice que sólo los norteamericanos son patriotas? Aquí se veían banderas rojas por todas partes, aisladas y en ramilletes.



Caminito, caminando, llegamos a las murallas de la Medina. Alguien se ofreció a llevarnos, pero no era nuestra intención entrar en ese momento en la Medina y tampoco queríamos que nos acompañara nadie. Lo bueno que tienen todos aquellos oportunistas a la caza del turista es que aunque se acercan a ti, o reclaman tu atención, si no les haces caso no insisten.


Mezquita La Koutoubia

En nuestra ruta hacia la plaza Jemaa, nos encontramos con la mezquita La Koutoubia, muy parecida a la giralda sevillana.



Nos resultaba curiosa la mezcolanza de vehículos que circulaban por el asfalto: motos con uno, dos, tres y cuatro ocupantes, coches con muchos años que tendrán que vivir bastantes más, bicicletas, calesas para pasearse los turistas y los autóctonos, burros con sus carritos, petit taxis, grand taxis que paraban en cualquier sitio, para recoger a cuantos pasajeros pudiera - llegamos a contar 4 personas atrás y tres delante, incluido el conductor - ...



El ruido que nos pareció tremendo por la mañana, en la tarde era ensordecedor y el caos espantoso. Les encanta tocar el claxon. Milagrosamente, no vimos ningún accidente ni atropello alguno. ¿Los semáforos en la parte vieja? Prácticamente inexistentes. Y los pasos de peatones eran sólo unas rayas en el suelo que algún gracioso debió dedicarse a pintar, por el puro gusto de divertirse un rato.



O pasabas, y los coches, motos, etc, se paraban, te esquivaban, o te quedabas en la acera.


Plaza Jemaa El Fna

Y finalmente llegamos a la famosa plaza, Jemaa El Fna, con sus encantadores de serpientes tocando sus instrumentos, sus carritos de zumo de naranja recién exprimido, sus puestos de dátiles y frutos secos, los bares, los restaurantes, su mezquita y la entrada al zoco, un gran supermercado para ellos y una maraña de calles cubiertas con todo lo tipo de cosas que alguien pueda desear adquirir. Eso sí, poca mercancía tenía puesto el precio: había que negociar y regatear. Y al llegar a un acuerdo, seguro que te habían timado.

... pero esta parte la dejamos para mañana, que por hoy ya vamos más que sobrados.

(Continuará)

María del Carmen Polo

viernes 6 de noviembre de 2009

Viajando a Marrakech

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Mañana, sábado, voy a ver cumplido uno de mi sueños: viajar a África.

Mañana, sábado, viajo a Marruecos, a Marrakech.

Y para ambientarme un poco he leído algunas cosas sobre esta ciudad. En algún lugar se me dice...

La primera impresión que se recibe de Marrakech supera cualquier descripción. Es difícil creer lo que tus ojos ven desde la ventanilla del avión: no es exactamente un oasis pero hay más de 100.000 palmeras, que se pierden por el horizonte. La tierra es roja, como el color de las murallas que rodean la Medina. Por si fuera poco, las majestuosas cimas del Atlas -con alturas que superan los 4.000 metros- vigilan atentas el devenir de esta gran capital de Sur, puerta del desierto y primer centro turístico del reino de Marruecos.

Para muchos su encanto se resume en un atardecer a la sombra del minarete de la Koutoubia, observando el espectáculo de la Plaza Djemaa el Fna que -a esas horas- es invadida por contadores de historias, malabaristas y encantadores de serpientes.




No sé qué me me depararán estos tres días que voy a pasar allí, pero espero que sea todo fascinante. Un viaje para no olvidar.


La plaza de Jemaâ-El-Fna

Así, pues, la semana próxima, si todo va como tiene que ir, podré mostrar fotos de aquella ciudad y de sus gentes. Estas que os dejo son, claro está, prestadas.


Las montañas del Atlas

Os contaré cómo me fue.

María del Carmen Polo

lunes 2 de noviembre de 2009

León, etapa final del viaje



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El domingo, último día de nuestra escapada, lo pasamos en León. Eran las fiestas de San Froilán y el sol se esmeró toda la mañana para que el mercadillo medieval, los carros engalanadoss, los pendones y las cantaderas, brillaran en todo su esplendor.


Foto: Mari Carmen Polo

Aparcamos el coche y fuimos caminando, a lo largo de este hermoso paseo, hasta el lugar desde donde saldrían los pendones.


Foto: Mari Carmen Polo

Nos situamos cerca del lugar de salida y nos dedicamos a observar el bullicio y los colores. He sabido que los pendones de León son una de las tradiciones más arraigadas de la provincia. Ya fueron famosos en la Edad Media debido a su enorme tamaño.


Foto: Paco Palma

Muchos de los municipios de la provincia tienen su pendón, en dos versiones, uno más pequeño y otro de gran tamaño. Hoy en día, lejos ya de las batallas medievales, se muestran con ocasiones festivas.


Foto: Mari Carmen Polo

Como muchas de las tradiciones durante años se fue perdiendo y llegó a ser residual, pero ha resurgido con una fuerza inusitada, y constituye uno de los espectáculos principales de las fiestas de San Froilán, en la capital leonesa.


Foto: Paco Palma

El grupo del pueblo de Arancha, Reliegos.


Foto: Paco Palma

Foto: Paco Palma

Era espectacular ver a la gente ataviada con sus trajes típicos, cantando y haciendo sonar las castañuelas y sus instrumentos musicales.


Foto: Paco Palma

Tras el desfile de pendones, nos marchamos hacia la catedral, para ver los carros engalanados. Entramos, cómo no, en la catedral. Sus vidrieras son tan hermosas que uno se queda con la boca abierta...


Foto: Mari Carmen Polo

No pudimos llegar a los bailes de las Cantaderas porque había tanto que ver, en todos lados, que acudimos tarde. Las Cantaderas trata de una tradición con la que se rememora la victoria cristiana en la Batalla de Clavijo y que abolió el pago del tributo de las cien doncellas por parte de los reyes asturleoneses a los califas de Córdoba, durante el periodo de ocupación musulmana en la Península. Las doncellas están vestidas con prendas medievales de origen musulmán.


Foto: Mari Carmen Polo

En la puerta de la catedral una muchedumbre daba vueltas alrededor de los carros. Desde primera hora de la mañana habían llegado a la capital los carros ataviados con sus mejores galas y cuidados hasta el último detalle para lucirse ante un casco histórico desbordado.


Foto: Paco Palma

Nos paseamos también por el mercado medieval. Calles colmadas de puestos con todo tipo de artículos estaban abiertos a todos los visitantes. Era maravilloso tanto colorido, tantos aromas, tantos sabores. Compré jabón de tocador - es mi debilidad el ir comprando jabones con perfumes diferentes, en cada lugar al que llego - y probamos los dulces musulmanes, riquísimos, todo miel y almendras y canela y... y, en fin, toda la esencia de las tierras cálidas del sur, esas que miramos y que nos miran a través del espejo del Mediterráneo.


Foto: Paco Palma

Los encurtidos me encantan. Es nombrar las aceitunas, los pepinillos, las cebollitas... y me pongo a salivar.


Foto: Mari Carmen Polo

Nos quedaban por ver los carros, antes de irnos a comer. Hacía calor pero, ¿qué importaba cuando lo estábamos pasando tan bien?


Foto: Paco Palma

De nuevo un derroche de colorido en los atavíos de los animales, de los carromatos. Ambiente festivo, alegría en los ojos y en el corazón. Como debe ser.


Foto: Paco Palma

Y tras el almuerzo... el regreso a Mansilla de las Mulas, a las 6 de la tarde, para recoger el equipaje y entregar la llave de la casa rural, preciosa casa rural, Las Singer, que nos había acogido durante ese fin de semana.

Kilómetro tras kilómetro nos alejábamos de León. Los campos castellanos nos recibían de nuevo, la tarde escurriéndose sobre los campos segados. Los aguiluchos, posados en los mojones de la carreteras, nos miraban pasar, completamente indiferentes a nuestros sentimientos. Nos despedíamos de un fin de semana estupendo, unos días que recordaremos durante mucho tiempo, y el sol, ese sol que nos había acompañado en nuestros paseos por la provincia leonesa, se despedía también de Castilla, algo melancólico, un poco cansado, igual que nos sentíamos nosotros.


Foto: Mari Carmen Polo

Gracias Arancha, porque tú hiciste la sugerencia de viajar todos juntos hasta León y es por ello que hemos podido recorrer parte de tu provincia, hemos visitado tu pueblo y conocido a tu familia, hemos comido el cocido maragato, paseado por las Médulas, participado en las fiestas de León capital, y hemos sentido, con alegría, la hospitalidad y la calidez de tu tierra y de tu gente.

Gracias, guapísima.

María del Carmen Polo