martes 2 de febrero de 2010

Recordando Copenhague

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Hay días, en que agobiada por tanto trabajo, una quisiera dar carpetazo, meter cuatro cosas en la maleta y echar a andar, bien ligera, hasta llegar a cualquier rincón del planeta.

Hoy me he acordado de mi viaje a Copenhague y de tantas cosas como me quedaron por visitar. Ahora, aunque sea con la mente, daré el salto y me trasladaré hasta aquel lugar. Sólo por quince minutos.

Es que mi tiempo no me da para más...

Voilà, mi yate.
Lo tengo atracado allí porque, total, no me cuesta nada.



Jardines para pasear. Cuidados, silenciosos, tranquilos... Creo que ni los pájaros osan piar más alto de lo debido, para no estropear el momento de recogimiento.



El númerito diario hasta el palacio real. Cambio de guardia. Curiosidad. Es vistoso, desde luego. Sobre todo para los que no son del lugar, porque los daneses están hartos de verlo todos los días y ya como que no impresiona.



Esto no es para jugar a las casitas. Es la maqueta de la ciudad antigua de Copenhague, que se muestra en una pequeña plazoleta.



¿Quién quiere un Ferrari?



Vamos, vamos, que mañana pilota Fernando Alonso en Cheste, Valencia. A ver si él también vuela sobre la pista, tal como lo está haciendo Massa.

Ay, Dinamarca, Dinamarca, hermoso país... Quizá un día vuelva, cual golondrina, a pasearme por tus calles y pueblos. Queda tanto por recorrer...

María del Carmen Polo

lunes 18 de enero de 2010

Viento de Libertad

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Miguel cerró el grifo con un gesto enérgico, tomó la toalla de una argolla de metal dorado y la extendió sobre los hombros. Levantando exageradamente las rodillas, salió de la bañera de metal verdoso y posó los pies sobre los húmedos baldosines. Envuelto en la leve nube que rellenaba el cuarto de baño, se acercó hasta un espejo, empañado, que devolvía la imagen de la nada. Restregó su mano sobre el cristal y apareció media cara entre la niebla.



Fue mientras se afeitaba que, al ladear la cabeza, reparó en el hombro. Sus dedos comenzaban a elevar la brocha cubierta de crema hasta su pómulo izquierdo, cuando sus ojos se desviaron hacia la clavícula y entonces lo vio. Dejó la brocha sobre el lavabo y con la toalla limpió mejor el cristal. Se puso de perfil y rozó con sus dedos aquella pelusa gris que asomaba, floreciente, desde la base del cuello y se perdía por su espalda. Miró al otro lado. Igual. La misma pelusa colonizaba su piel, como el liquen invade las piedras viejas. Se miró el pecho, los brazos, el pubis, las piernas... No, el pecho, los brazos, el pubis, las piernas tenían vello, su vello rubiáceo y algo recio de siempre, pero eso que le había salido no era vello, era..., no se atrevía ni a pensarlo... aquello era parecido al plumón, el plumón cálido y tierno que viste a los polluelos. Tendría que visitar al dermatólogo. Seguro que era una tontería. Estrés, no podía ser otra cosa nada más que el estrés. El estrés se manifiesta de las maneras más insospechadas. Eso pensaba Miguel aquella mañana, después de asearse. No quiso darle mayor importancia y lo olvidó, ocupado en elegir la camisa, ponerse el pantalón y, cinco minutos más tarde, tomarse un café apresurado, echarse por encima una chaqueta gris y recoger las llaves del Land Rover, tiradas de cualquier manera, junto a su cartera, en una mesita, a la entrada de la casa.

Cinco días después aquel pelo extraño se había extendido por todo su cuerpo. Miguel lo pudo comprobar, con cierto estupor, al salir de la ducha matinal. Ahora sí que era necesario pedir cita al dermatólogo, sin falta, aquello estaba pasando de castaño oscuro, pensó Miguel, y siguió pasándose el peine por el pelo. Pegó el rostro al espejo. Vaya, ¡qué barbaridad!, aquellas cosas, fueran lo que fuesen, aparecían también camufladas entre las ondas del cabello. Se vistió, desayunó y hojeó el periódico. El mundo estaba cada día más loco. Imagínense, una mujer, en el sur de Francia, decía que podía comunicarse con los caballos. Al parecer, esto venía ocurriendo desde hacía unos años, pero no fue hasta este momento, inducida no se sabía muy bien por qué, que había decidido poner en conocimiento de la ciencia sus poderes. Algunos científicos estaban investigando a la mujer. Otros, a los caballos objeto de las conversaciones de la dama. ¡Menuda idiotez! Estaba comprobado que había gente para todo. Miguel cerró el periódico y al depositarlo sobre la encimera de la cocina, sus dedos chocaron contra el mármol blanco. Se miró las manos distraídamente. Cuando regresara, por la noche, se recortaría las uñas.



Lo curioso es que nadie parecía darse cuenta de nada. Ni siquiera se apercibieron cuando a Miguel se le agrandaron los ojos y el iris le cambió del verde al castaño claro. Claro que Miguel era miope. Los ojos de Miguel, a través de sus gafas, siempre parecían diferentes a como en realidad eran. Le aconsejaron que usara lentes de contacto, pero él se negaba, aduciendo que no tenía tiempo para cuidados extras. Tampoco causó extrañeza el afilamiento de la nariz. Durante dos meses se había trabajado intensamente y Miguel había adelgazado mucho, era, pues, normal que los rasgos se afinaran.

Lo que sí causó sorpresa fue comprobar que aquel jueves por la mañana, a la hora en que Miguel cumplía su turno de adiestramiento, se había dejado olvidadas sus lentes sobre la mesa. Rubén, su compañero, miró por la ventana, intentando ver por dónde andaba Miguel. Lo llamó, pero Miguel no respondió. Con las gafas en la mano, Rubén fue hasta el puesto de su compañero, allí donde debería estar trabajando. Solo vio su ropa, la ropa de Miguel, tirada, arrugada, sobre la tierra. La camisa, el pantalón de Miguel, era un campo sembrado de plumas.

Días más tarde se dijo que en el cielo, la mañana de la desaparición de Miguel, se había visto volar, rumbo a las montañas, a los cinco halcones peregrinos que habían huido de la reserva. Alguien puntualizó que no, que no eran cinco, que eran seis, y que volaban muy juntos, batiendo las alas con fuerza y dando gritos, gritos muy parecidos a los que se suelen dar a todo aquel que emprende el vuelo por vez primera, para que se deje llevar por su instinto y pueda transitar, sin temor a la libertad, los caminos que le va señalando el viento.

Mª del Carmen Polo Soler

domingo 10 de enero de 2010

Una taza de té

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Para Pilar, porque hoy es su cumpleaños

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Una taza de té

Encendió una vela y miró el reloj. La una de la madrugada. No podía dormir. Se vistió y se acercó a la ventana. A través de los cristales empañados los campos brillaban en la noche con el resplandor del hielo. Las nevadas habían comenzado en noviembre y teñirían de blanco el paisaje hasta bien entrado el mes de abril. Miró a la luna menguante. Tenía un color amarillento. Pronto las nubes la ocultarían y nevaría de nuevo, estaba segura. Sintió frío. Tomó su chal de la silla, echándoselo sobre los hombros.

Fue hasta la cocina, encendió el fogón y puso un cazo con agua sobre la placa. Cuando el líquido borboteó, echó un puñado de hojas de té en la tetera y vertió el agua hirviendo sobre ellas. Unos minutos más tarde el aroma envolvía toda la estancia. Se sirvió una taza, puso dos cucharaditas de azúcar y tomó un sorbo. El calor inundó su cuerpo inmediatamente



Volvió a mirar por la ventana. Comenzaba a nevar. Los copos revoloteaban sobre las copas de los árboles. De pronto lo vió. Salió del bosquecillo, olfateando la noche. Avanzaba despacio, cauteloso. Se paró un instante, las orejas tiesas, los músculos en tensión. Era hermoso, tan hermoso... Tras unos breves momentos continuó avanzando por el campo, después... dió media vuelta y se internó, de nuevo, en el bosque.

Dió otro sorbo a su té, pensando en el zorro, la noche, la nieve, su vida. Aquel día, diez de enero de 1910, cumplía treinta y ocho años. Por la mañana llamaría a sus amigos y los invitaría a merendar tarta de chocolate. Les contaría que le habían otorgado un premio por su última exposición de pintura, en Londres. Les diría, igualmente, que ya tenía preparado el equipaje, que viajaba de nuevo, esta vez hacia Nueva York, donde tenía previstas nuevas exposiciones.

Apuró su taza de té. Abrió la ventana y extendió las manos. Algunos copos se posaron en la palma de su mano y se fundieron entre sus dedos. Recordó los consejos de su maestro: cada pincelada debe llevar grabada una parte de tu alma, si no es así, mejor dedícate a las tertulias de salón.

Años de duro trabajo encontraban ahora su recompensa. Ya estaba donde ella quería, donde quiso estar, aunque no estuviera bien visto por una gran parte de la sociedad inglesa que una mujer viviera la vida por sí misma.

Iba a cerrar la ventana cuando un ruído ensordecedor la hizo retroceder, asustada...

¡¡¡¡CAMPEONES, CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ!!!!

-¡Corteeeeeen! ¡Corten! ¡Corten! ¿Es que no ven que estamos trabajando? ¿Pero se puede saber quién ha permitido que pase ese Audi por aqui?

El coche, cubierto de banderas, se alejaba por la carretera haciendo sonar alegremente el claxon...

María del Carmen Polo