*********
... y al final...
Montañas del Atlas, vistas desde el avión,en nuestra aproximación al aeropuerto de Marrakech
Me habían dicho que al descender hacia el aeropuerto veríamos, en un extremo de la ciudad, cien mil palmeras, creando una imagen de cuento de las mil y una noches. No llegué a contar cien mil palmeras, el piloto tenía prisa y dejó tiempo para contarlas, y, además, lo que vi desde el aire no sé si eran olivos o palmeras, porque había de ambas cosas diseminadas alrededor de la villa.


En el aeropuerto tomamos un petit taxi cuyo conductor nos dijo, antes de subir al coche, que el precio de la carrera era de 80 dirhams (unos 8 €) para convertirse en 150 dirhams cuando llegamos al hotel Ibis. Anduvimos discutiendo y al final le dimos al tipejo aquel los 150 dirhams. No me gusta generalizar pero hay que tener cuidado porque la mayoría son unos estafadores de primera y van a sacarte el mayor número posible de dirhams. Dejamos la maleta en la habitación - muy en la línea de los Ibis europeos, pero algo más cutre, y me refiero sólo al mobiliario de la habitación porque el exterior era muy bonito - y nos marchamos prestos a descubrir la ciudad. Con 27 grados y un cielo sin una nube, queríamos ir hacia la Plaza Jamaa el Fna, y aunque llevábamos un mapa de la ciudad, nos costó un poco orientarnos porque una va buscando letreros en las esquinas de las calles y eso no lo encontré.
Estando nuestro hotel en la parte nueva de la ciudad, las avenidas eran amplias y encontramos varios parques en nuestro camino. Nos paramos a comer en un restaurante cuya apariencia nos infundió confianza. Y aquí creemos que se empezó a forjar nuestro infortunio, a través de un couscous y unas brochetas, que a partir de la tarde-noche nos fastidiarían el descanso, y el resto de las mini-vacaciones.
Ayuntamiento de la ciudad
Caminito, caminando, llegamos a las murallas de la Medina. Alguien se ofreció a llevarnos, pero no era nuestra intención entrar en ese momento en la Medina y tampoco queríamos que nos acompañara nadie. Lo bueno que tienen todos aquellos oportunistas a la caza del turista es que aunque se acercan a ti, o reclaman tu atención, si no les haces caso no insisten.
En nuestra ruta hacia la plaza Jemaa, nos encontramos con la mezquita La Koutoubia, muy parecida a la giralda sevillana.

Nos resultaba curiosa la mezcolanza de vehículos que circulaban por el asfalto: motos con uno, dos, tres y cuatro ocupantes, coches con muchos años que tendrán que vivir bastantes más, bicicletas, calesas para pasearse los turistas y los autóctonos, burros con sus carritos, petit taxis, grand taxis que paraban en cualquier sitio, para recoger a cuantos pasajeros pudiera - llegamos a contar 4 personas atrás y tres delante, incluido el conductor - ...

El ruido que nos pareció tremendo por la mañana, en la tarde era ensordecedor y el caos espantoso. Les encanta tocar el claxon. Milagrosamente, no vimos ningún accidente ni atropello alguno. ¿Los semáforos en la parte vieja? Prácticamente inexistentes. Y los pasos de peatones eran sólo unas rayas en el suelo que algún gracioso debió dedicarse a pintar, por el puro gusto de divertirse un rato.

O pasabas, y los coches, motos, etc, se paraban, te esquivaban, o te quedabas en la acera.
Y finalmente llegamos a la famosa plaza, Jemaa El Fna, con sus encantadores de serpientes tocando sus instrumentos, sus carritos de zumo de naranja recién exprimido, sus puestos de dátiles y frutos secos, los bares, los restaurantes, su mezquita y la entrada al zoco, un gran supermercado para ellos y una maraña de calles cubiertas con todo lo tipo de cosas que alguien pueda desear adquirir. Eso sí, poca mercancía tenía puesto el precio: había que negociar y regatear. Y al llegar a un acuerdo, seguro que te habían timado.
... pero esta parte la dejamos para mañana, que por hoy ya vamos más que sobrados.
(Continuará)
María del Carmen Polo























