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De regreso a casa, mirando el paisaje, desde la ventanilla del tren, me ha sorprendido lo crecido que iba el río. El Manzanares lleva agua, he pensado. Alguien me dirá que si el Manzanares es un río lo lógico es que lleve agua, pero son variadas las ocasiones en las que lo lógico no tiene mucho que ver con la realidad. El Manzanares, nombre que me sabe a fruta fresca, normalmente lleva tan poca agua que se pueden ver las piedras del fondo y podrías caminar, de una a otra orilla, sin que te mojaras más allá de los tobillos. Pero hoy no se le ve el fondo y no me explico el por qué de esa exuberancia acuífera ya que no ha llovido en los últimos días.
A mí me encantaría que todos los ríos, grandes o modestos, transportaran una cantidad generosa de agua. Agua clara, fresca, limpia. Y que estuvieran, sus riberas, llenas de escondrijos para cangrejos, peces, culebrillas y otros bichejos similares. Los patos no podrían faltar y, si me apuran, hasta cisnes, que bien que los he visto yo cómo seguían la estela de las barcas de turistas, en el Moldava praguense.
Pero los ríos europeos más nobles, los que tienen pedigrí, son frescos, sí, pero de limpios no tienen nada, que hay que ver cómo van, por nombrar algunos, el Ródano, el Rin, el Sena, el Tíber, el Liffey... negritos como la pena, que los he visto yo con estos ojitos miopes que tengo. Y ese Danubio, ¡por Dios!, ese magnífico Danubio que todos relacionamos con el azul más puro, resulta que es de un espeso color chocolate que ni os cuento. Al menos, a su paso por Viena.
Por eso cuando atravieso un paisaje verde y veo esos arroyitos tranquilos, de aguas transparentes, con juncos en sus riberas y árboles que les susurran dulces canciones, pienso que así deberían ser todos, que así lo fueron un día, hasta que el hombre le puso sus zarpas encima y los enmierdó à jamais. Y esas corrientes, que fueron gozo para unos paisanos que se bañaban en ellos, ahora se tienen que conformar, los paisanos, en la mayoría de los casos, en ver cómo discurre un agua oscura que es mejor no tocar, por si acaso... por si acaso a uno se le queda el dedo disuelto antes de sacarlo al aire de nuevo.
A falta de playa que llevarse a la piel, nada es más gratificante que tener un río que refresque los días del verano. Mi río era el Eresma, a su paso por Coca. Claro, acariciante, dulce, atrayente... Me bañé en sus aguas acogedoras cientos de veces. Lo sigo echando de menos y sigo soñando con él. Por eso, cuando veo al Manzanares con sus aguas casi estancadas, en ciertos tramos, me da pena que parezca más un arroyuelo de mala muerte que un río hecho y derecho que recorre la capital de la nación.
El Manzanares suele ir menguado, mísero, pero hoy al mirar a través de la ventana del tren he visto que ha crecido y me he dicho... Qué bien... el Manzanares lleva agua...
María del Carmen Polo

